Durante las últimas décadas, los espacios de trabajo han pasado por una transformación sostenida y radical. Atrás quedaron las filas de cubículos cerrados y largas circulaciones que caracterizaban las oficinas en los ochenta. Hoy, los ambientes laborales buscan generar áreas dinámicas y con carácter, que ofrezcan posibilidades de encuentro e interacción, que fomenten la creatividad y el bienestar de los empleados. Contextualizada en esta clara tendencia, y en paralelo con el desarrollo tecnológico y de conectividad de los computadores, surgió una de las ideas más rompedoras, que generó la transformación más profunda del espacio de trabajo de nuestros días: el coworking.

Sus inicios se remontan a mediados de la década de 1990, en la ciudad de Berlín, donde un grupo de programadores creó un hackerspace, lugar en el cual podían reunirse y trabajar de manera colaborativa. Algunos años después surgieron iniciativas similares en Viena y Nueva York, pero solo en 2005 se fundó el primer espacio oficial de coworking. Su creador, Brad Neuberg, comenta que la idea nació como reacción contra el carácter antisocial de las oficinas de la época y la poca productividad que ofrecía el trabajo en casa. En busca de una solución intermedia, Neuberg se estableció en Spiral Muse, un colectivo feminista, en San Francisco. Allí ofrecía entre cinco y ocho puestos de trabajo, con una ocupación máxima de dos días a la semana, acceso gratuito a internet, almuerzos compartidos, ambientes para la meditación, tours en bicicleta y una hora de salida estricta a las 5:45 p. m. El proyecto cerró después de un año, pero inició un movimiento cuyo extraordinario crecimiento cuesta dimensionar.

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